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Kristina s. Lea Kastelic

Kristina nació décima en la familia. Sus padres la educaron en el trabajo y oraciones. Creció en el entorno rural. Tuvo una infancia bonita, pero los recuerdos de la guerra son dolorosos. Los partisanos, alemanes, italianos y los miembros de la Guardia Nacional visitaron su casa varias veces. A todos les sirvieron y ofrecieron lo que tenían, aunque por eso muchas veces tenían hambre.

Un día llegaron a su casa los guardias cívicos y llevaron consigo a su hermano Jože a la fortaleza Turjak. Ahí los rodearon los partisanos. Los guardias carecían de gente. A unos jóvenes menores de edad los partisanos los dejaron ir. Entre ellos debía estar también Jože. Pero eso no sucedió, porque en sus documentos ponía que era comandante de los guardias, por lo cual los partisanos lo llevaron y lo mortificaron. Kristina llegó a saber sobre su destino más tarde.

Partisanos llevaron a los jóvenes secuestrados a Jelendol, un bosque cerca de Ribnica, donde estaban dos hoyos naturales. Ahí los dispararon ofendiéndolos y burlándose de ellos, de modo que cayeron en el hoyo, pero algunos entre ellos todavía estaban vivos en el hoyo. A pesar del sufrimiento y la muerte cercana, los jóvenes no estaban desesperados, pero se guarecieron de Dios. Del hoyo los salvó milagrosamente un monje que luego le contó a Kristina cómo su hermano se despedía de este mundo y permaneció valiente hasta el último suspiro.

Un mes y medio después de esa masacre horrible que hicieron los partisanos, los guardias alemanes vaciaron el hoyo y a los lugareños se les pidió que identificasen a las víctimas. A los jóvenes asesinados los trasladaron en los ataúdes al cementerio en Dobrepolje. Al lado de las tumbas pusieron los monumentos, pero los comunistas luego los profanaron porque no era permitido evocar las memorias a los luchadores anticomunistas asesinados. A pesar de todo las circunstancias iban mejorándose y volvieron a poner las lápidas.

El vecino Jože – antiguo comandante de los guardias cívicos que se salvó del Turjak, se retiró a América con sus dos hermanos. La madre de Kristina después de la guerra recibió una carta de él. En esa carta él escribió que a su hijo lo mataron erróneamente en vez de él, porque era él el comandante de los guardias cívicos. Le escribió: «…mis parientes estuvieron entre los partisanos y me salvaron a mí, y a su hijo lo mandaron a ejecutar.». A mamá le pidió que le perdonase. Mamá le respondió en una carta que le perdonaba todo, que pues eso eran los tiempos de guerra y que su deseo era que continuasen la amistad.

Kristina recuerda también de un suceso en el que los partisanos llevaron a la muerte su familia entera. Más exactamente, estaban incluidos en una lista de familias a las que los partisanos planeaban llevar a un hoyo y matarlos ahí. Pero el partisano que guardaba la lista se escondió, así que esas familias sobrevivieron. Kristina fue muy agradecida a ese partisano que les salvó la vida. Siempre supo buscar el lado bueno de un hombre.

El testimonio lo escribió en 1989 Kristina s. Lea Kastelic, la hermana de la Sta. Cruz. El Centro de Estudios para la Reconciliación Nacional lo recibió de Marija Stanonik en mayo de 2009.

Testimonio escrito:


Preparación para la publicación: Marta Keršič