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Adolf Malovrh

Fotografía: la familia Malovrh en 1941

(2da fila: Adolf Malovrh es el primero a la izquierda)

Adolf Malovrh nació en 1929 en Šentjošt nad Horjulom. Al terminarse la Segunda Guerra Mundial se escondía en los bosques locales durante poco tiempo. Por la acusación de la colaboración en la «Organización de espionaje de Bitenc» en 1949 lo encarcelaron y condenaron a siete años de cárcel dura y de la privación de los derechos civiles durante dos años. Cumplió la condena por completo. Durante un tiempo permanecía como paciente de tuberculosis encerrado en un hospital militar. Al regresar a la casa, en 1956 se formó una familia y asumió la gestión de la granja.

En 1949 entre los condenados estuvieron hasta cuatro de los ocho miembros de la familia Malovrh: padre Pavel, madre Marjana, hijo Adolf e hija Jožefa. Albert y Pavel – los hijos mayores cruzaron la frontera en 1945, y en 1948 se fueron a Argentina. Feliks – el hermano menor estudiaba en Liubliana. Después del encarcelamiento de los suyos, a Nada – la hija de doce años la enviaron a una finca pública, pero después de la intervención se fue a vivir con su tía.

En sus memorias a los años de prisionero, entre otras cosas, Adolf escribió:

«Enseguida me metieron en un búnker de 2 × 3 m en el nivel subterráneo de la cárcel. Era entero de hormigón, y en rincón sólo una chapa de madera en la que pude acostarme. /…/ Según este horario de cierta manera logré orientarme cuando es de día y cuando de noche, pues no pude ver la luz natural mientras estaba encerrado en ese búnker. /…/ Alrededor de las siete de la mañana me traían el desayuno: un cuarto de litro de agua negra con sabor a café de cebada y 70 g del pan de maíz; entre mediodía y una de la tarde tenía medio litro de un agua turbia para la que no pude determinar qué era lo que se cocía en ella. De vez en cuando en ella encontraba algún grano de frijol o un trozo de patata. Alrededor de las seis de la tarde me traían medio litro de un tipo de sopa de harina y huevo revuelto. Así me alimentaba todo el tiempo durante los 107 días en ese espacio. /…/ Cada vez que encendían la luz me dolían los ojos, ya que la transición de la oscuridad completa a la luz era repentina y doliente. Esos días en el búnker eran los más difíciles para mí durante los siete años de la cárcel.


El testimonio escrito lo recibimos el 11 de marzo de 2009 en Študijski center za narodno spravo (Centro de Estudios para la Reconciliación Nacional).

Testimonio escrito:


Preparación para la publicación: Marta Keršič